Capítulo 8: participación de la comunidad

La Escuela Activa es una casa abierta tanto a padres como a investigadores y observadores en general. En contraste con la mayoría de las escuelas que funcionan como depósitos confinados de niños, aquí se permite conocer el trabajo que se realiza en las aulas, como se permite también aportar sugerencias, dar pláticas a los alumnos, conseguir visitas educativas y, en fin, comprometerse en serio con su papel de educadores alternos de la escuela. No es posible ignorar que cada vez resulta más difícil disponer de tiempo para cumplir con las responsabilidades que esta escuela exige de los padres: supervisar tareas extraescolares, hablar con los maestros cuando se requiere, coordinar conferencias de sus hijos y conseguirles material de apoyo, asistir a juntas, etcétera. Sin embargo es imposible renunciar a esta exigencia so pena de que el resultado educativo que los padres exigen de la escuela resulte afectado.

 

Ya mencionamos que en esta escuela no tienen cabida dogmas ni fanatismos de ninguna índole: políticos, religiosos, sociales o familiares. Aspiramos a que nuestro trabajo de educadores no esté al servicio de ninguna facción, partido o ideología, sino de la verdad objetiva y de la razón esclarecedora.

En el área de las Ciencias sociales se habla por igual de Cristo, de Buda o de Mahoma que de Fidel Castro, Marx, Gandhi, Churchil o Clinton. Y en la de ciencias naturales se trabaja con espíritu científico, e igual se exponen juicios de Einstein, Galileo, Darwin que de los conservaduristas que fomentan el culto a la cigüeña. Esta postura, a menudo antagónica con la de tantas escuelas, tiene su razón de ser en nuestra certidumbre de que la escuela debería ser siempre una luz que ilumine el ascenso del hombre hacia su liberación y no un medio para su opresión, servidumbre y explotación.

En torno a las escuelas activas en general se han creado bastantes mitos y algunas verdades. La diversidad de criterios e intereses con que ha sido usado el membrete "escuela activa" lo ha propiciado. Por una parte, cierta corriente esnobista y oportunista ha hecho creer que la escuela activa es aquella que, abdicando de su cualidad de rectora de una moral racional, deja a los alumnos la delicada responsabilidad de autoeducarse en este aspecto.

 

En los años sesenta, período de proliferación de toda clase de experimentos "activos", cundió esa idea. Poco tiempo después, simultáneamente con el descrédito, llegó el fracaso de casi todas ellas. Se pasó por alto que la educación moral (no necesariamente ligada con alguna religión) está fundada en valores universales irrenunciables. El valor, la honestidad, la verdad o la honradez no están sujetos a ondas o modas. Dejarlos de lado o hacerlos optativos es renunciar a la más cara de las cualidades de la educación, venga de la escuela o del hogar. La Escuela Activa, ésta, funda y cultiva valores. Renunciamos a propiciar el analfabetismo moral.

Por todo lo expuesto y más, la Escuela Activa debe estar profundamente identificada con la familia. Sin esta identificación, nuestra escuela no funciona. La idea es proporcionar al niño marcos de referencia uniformes, esto es, que el niño no deberá encontrar en el seno familiar aquello que la escuela rechaza, y viceversa. Si el niño encuentra actitudes uniformes en la escuela y en el hogar, esto lo capacitará ampliamente para todo su proceso educativo. La escuela, la familia y la sociedad han de constituirse en un círculo armonioso. Si padres y maestros trabajamos multirateralmente para hacer de los niños seres positivos, productivos y honestos; si nos empeñamos en fomentar realmente su capacidad de juicio; si les abrimos todos los caminos de la creatividad, de la investigación, de la crítica y la autocrítica, del análisis y del raciocinio; si nos esforzamos, en fin, por vencer a todos los fantasmas que nos cierran el paso, entonces si podremos afirmar que estamos transformando nuestra sociedad.

 

Aspiramos a que la familia comparta nuestro propósito de eliminar del panorama educativo las metas mediocres, a dotar al niño de objetivos elevados. Queremos trabajar con la convicción de que desde cualquier nivel en el que les toque actuar, los egresados de esta escuela sabrán respaldar sus exigencias y sus acciones con actitudes de responsabilidad, valor y honestidad. Es éste el camino que les permitirá someter a juicio todas las acciones que afecten de un modo u otro la vida del país, al mismo tiempo que serán capaces de enfrentarse a las exigencias que ellos mismos se hayan planteado.

 

No ignoramos que es difícil llegar a los objetivos planteados. Por esto nos es imprescindible contar con la participación de los padres. No todos los padres. Sólo aquellos que compartan la necesidad de transformar, mediante la educación, la sociedad que nos toca vivir y, sobre todo, la que les tocará vivir a los niños de hoy.

Mucha gente hay que se preocupa ante la perspectiva de la sociedad del futuro. A todos ellos les decimos que tengan presente en todo momento -como nosotros lo tenemos en la Escuela Activa- que los hombres de las generaciones futuras, que son los niños de hoy, tendrán que conquistar, con o sin nuestra participación, más de una libertad, más de un derecho y más de una conciencia cuya necesidad ni siquiera sentimos hoy. De aquí que para recibir a un niño en la Escuela Activa valoremos a los padres y su actitud ante la vida. Es deber de padres y maestros instrumentar a los niños y capacitarlos para manejar los valores universales de todos los tiempos. Pero no termina aquí nuestra responsabilidad: estamos obligados a prepararlos para crear los valores y aptitudes que les permitan realizarse con plenitud en el mundo de mañana. Ello será posible si tomamos en cuenta que la función educativa no consiste en imponer criterios personales ni en ejercer una autoridad arbitraria, sino en despertar nobles aspiraciones en el niño de hoy, basadas en el amor, la razón y la justicia.